jueves, 25 de marzo de 2010

Tarsila do Amaral, ícono del arte brasileño y latinoamericano

Tarsila do Amaral es una artista fundamental en la historia del modernismo latinoamericano. Nace en 1886 en Capivari, estado de San Pablo. Entre 1920 y 1922, Tarsila vive en París, estudia en la Académie Julian y toma clases con Emile Renard, ambas de orientación muy tradicional. Cuando regresa a San Pablo, en junio de 1922, Tarsila conoce a los artistas e intelectuales que habían participado de la Semana de Arte Moderno a comienzos de ese año, en el Teatro Municipal. Entre ellos, el escritor Oswald de Andrade. Desde entonces, enfoca su mirada sobre los lenguajes del arte moderno y se interesa por temas que reflejen una identidad brasileña.

Carnaval en Madureira




A fines de 1922, Tarsila regresa a París y, al año siguiente, frecuenta los talleres de los grandes maestros cubistas André Lhote, Albert Gleizes y Fernand Léger. Vuelve a Brasil en 1923 acompañada por Andrade y el poeta vanguardista suizo Blaise Cendrars, que en algunos aspectos fue un precursor del surrealismo. El trío comenzó a explorar la cultura popular de Brasil. En 1924 pasan el Carnaval en Río y de esta experiencia surgen las pinturas Carnaval en Madureira y Morro da Favela. En el mismo año hicieron un viaje a las ciudades históricas de Minas Gerais, con sus casas rústicas y sus iglesias barrocas del siglo XVIII. Bajo estos estímulos, comenzó a pintar una nueva clase de cuadros: una mezcla de arte ingenuo local y del cubismo que había absorbido de Léger.
Morro da Favela


Para 1928 ya había pasado a un estilo más complejo, y fue el comienzo de un período más creativo: el de antropofagia o canibalismo, así llamado a raíz del manifiesto Antropófago que Andrade publicó un poco más tarde ese mismo año.
El principio central de antropofagia era que los artistas brasileños debían devorar influencias fuera, digerirlas cuidadosamente y convertirlas en algo nuevo. La primera pintura de Tarsila en esta nueva manera, ofrecida a Andrade como regalo de cumpleaños en enero de 1928, fue titulada Abaporu. En la lengua de los tupí-guaraníes, la palabra significa “hombre que come”. La pintura representa una sola figura monstruosa, con cabeza pequeñita y manos y pies enormes. Ésta, descansando en el suelo, simboliza el íntimo contacto con la tierra. El sol brilla en el cielo, y el marco del paisaje está reducido a un simple cactus gigantesco.


Abaporú

Tarsila ha combinado aquí la influencia de las pinturas de mujeres reclinadas de Léger con el surrealismo. La información acerca de este nuevo movimiento (el surrealismo había sido fundado hacía muy poco, en 1924) debe de haber viajado muy rápido a Brasil. La tendencia a combinar estilos europeos aparentemente incompatibles iba a ser típica del modernismo latinoamericano, y las pinturas antropofágicas proporcionan un ejemplo temprano. Tarsila se sumerge en las imágenes de su inconsciente, originadas en sueños, historias de fantasmas, leyendas y supersticiones oídas en su infancia. Surgen entonces pinturas y dibujos de personas habitados por seres fantásticos y vegetación exuberante, de marcada tendencia surrealista.
Las pinturas La negra (1923), Abaporú (1928) y Antropofagia (1929) forman el trío más célebre de la producción de Tarsila y representan el momento más alto del modernismo brasileño de la década del 20.
En síntesis, en esos años fermentales de 1920, aplicó las enseñanzas constructivas del cubismo, del fauvismo y del surrealismo para entender Brasil y realizar así un gran hallazgo estético en su exuberante vegetación, en sus cielos, en sus hombres.



La Negra



Antropofagia



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