jueves, 17 de marzo de 2022

María Izquierdo: pintora de claro signo feminista en el México posrevolucionario

Prof. Mónica Salandrú 

María Izquierdo (1902-1955) fue una pintora mexicana nacida en San Juan de los Lagos, Jalisco, en el seno de un hogar conservador y católico. Debido a la temprana muerte de su padre, y a un segundo casamiento de su madre, fue criada por abuelos y tías.  A los 14 años su familia la casa, contra su voluntad, con un militar del que se separará poco después para casarse nuevamente con un periodista, Cándido Posadas, con quien tiene 3 hijos. Llega en 1923 a Ciudad de México divorciándose unos años más tarde de Posadas.

En 1928 ingresa a la Escuela Nacional de Bellas Artes, tomando clases con maestros como German Gedovius, conociendo en este período a Carlos Mérida y Rufino Tamayo, profesores en la Escuela. De las pinturas que realiza en este período se conserva Retrato de Belem (1928), correspondiente a su media hermana, preanunciando en esta obra el tratamiento escultórico de los retratos y autorretratos que caracterizarán posteriormente toda su producción. Los trazos simplificados con que representa el armario y los objetos que sitúa sobre él, al igual que la falta de respeto a las leyes de la perspectiva, nos hablan de unas búsquedas compositivas y expresivas por parte de Izquierdo que empiezan a dar cuenta de una pintura personal no exenta de influencias de la pintura francesa del tipo de la de Cézanne, Matisse, Gleizes o Vlaminck.

Retrato de Belem. 1928. Óleo s/lienzo. 152 x 94 cm. Colección Blaisten

En 1929 coincide en parte con la dirección de Diego Rivera de esta institución, quien elogia su talento. Los alumnos mejor calificados de la escuela se indignan y reciben a María con cubos de agua, clara demostración de un mundo que se consideraba reservado a los hombres y al que le molestaba que una mujer osara disputar en él un lugar de destaque.

En este año de 1929 realiza su primera exposición individual en la Galería de Arte Moderno del Teatro Nacional (actual Palacio de Bellas Artes), dirigida por los pintores Carlos Orozco Romero y Carlos Mérida, con la participación de Rivera en la introducción del catálogo definiendo a María como una de las personalidades más atrayentes y prometedoras que presentaba el panorama artístico. Retrato de Belem es precisamente una de las pinturas que se exhiben en la muestra.

También en este año inicia una relación sentimental con Rufino Tamayo, resultando de los años en que están juntos (1929-1933) una influencia artística mutua. A partir de Tamayo comienza a incursionar en la acuarela y el gouache. Ambos se interesan por las vanguardias europeas y buscan romper con la tradición de la escuela mexicana de pintura jugada a un arte político, para integrarse en un arte más universal. Varios contemporáneos y biógrafos de estos artistas han insistido en que fue mayor la influencia de Tamayo sobre Izquierdo, dado que el cúmulo de experiencias y formación en el campo artístico de aquél era muy superior al de María. Si bien esto último es así, no podemos desconocer que, para artistas, críticos e historiadores del arte de estos años, las vinculaciones artísticas entre el hombre y la mujer responden a las dinámicas de poder dominantes: el hombre pinta, la mujer posa, él es el maestro, ella la musa y discípula. Buena parte de esto se refleja en las obras de estos años: mientras Tamayo realizó varios retratos de María Izquierdo, la mayoría desnudos (con el costo que debe haber tenido para la artista, en el marco de los convencionalismos sociales del México de entonces), no se conocen retratos de Tamayo pintados por María. Pero es innegable que, si analizamos la producción de ambos en este período, hay una iconografía y una forma de componer compartida. A partir de formas primitivistas (no exentas de la influencia de Gauguin y Picasso), ambos exploraron la representación del cuerpo femenino a través de desnudos sólidos y de trazos gruesos, emparentándolo con las formas emergentes del nuevo clasicismo en la pintura europea de la década de 1920 (en el marco de la denominada “vuelta al orden”).

Estas búsquedas chocan con el conservadurismo de la Escuela, situación que la lleva a abandonarla en 1929.

En 1930 se convierte en la primera artista mexicana en exponer en Estados Unidos, en el Art Center de Nueva York. Izquierdo presentó allí catorce óleos entre retratos, paisajes y naturalezas muertas. Y en ese mismo año dos obras suyas fueron seleccionadas para formar parte de la muestra colectiva (junto a Tamayo, Diego Rivera, Agustín Lazo y otros) Mexican Arts, que reunió antigüedades, artesanías y arte mexicano de todos los períodos y se llevó a cabo en el Museo Metropolitano de Nueva York entre octubre y noviembre.

A lo largo de la década de 1930 va madurando una propuesta plástica en la que, a las naturalezas muertas, retratos y paisajes, va agregando autorretratos, temáticas circenses (las más recurrentes) y de caballos, mujeres en paisajes o ambientes desolados, y ya a partir de 1940 agrega alacenas con objetos de arte popular mexicano y altares domésticos con la Virgen de los Dolores. Su paleta va mutando de los colores terrosos y apagados, a una cada vez más clara y variada en tonalidades, con predominio de tonos cálidos, que la propia artista, desde sus dichos y escritos, relacionó con las tradiciones indígenas. Y la figura de la mujer como protagonista, cobró mucha más fuerza en su obra. En las escenas de circo, por ejemplo, aparecen audaces, ya sea galopando o haciendo equilibrio en la cuerda floja, como trapecistas e incluso como domadoras.

Las amazonas Lolita y Juanita. 1945. Gouache. 46 x 56 cm. Colección particular

En sus desnudos (característicos de su obra de los años 30), rompió con la representación tradicional del desnudo femenino. No idealiza el cuerpo de la mujer, lo presenta alejado de cualquier estereotipo y cargado de fuerte expresividad. Cuerpos sólidos y poderosos que remiten a esculturas prehispánicas, pero que no dejan, al mismo tiempo, de relacionarse con las monumentales siluetas de Picasso[i].  Sumado esto a una particular representación espacial, ya sea arquitectónica o natural, donde abundan los árboles truncos, la tierra yerma, las columnas aisladas. El desnudo en la obra de Izquierdo es utilizado para representar los problemas que enfrentaba la mujer de su tiempo. Si observamos la obra Mujer ante el espejo (1934) vemos a una mujer que sentada en el suelo da la espalda al espectador y se observa en un espejo. A su derecha hay un maniquí femenino, de frente, con curvas marcadas y con el que la mujer parece estar comparándose en función de lo que la sociedad espera de ella. Esta actitud de ignorar al espectador subvierte la tradición pictórica imperante, donde el cuerpo de la mujer aparece generalmente exhibido a los demás.

Mujer ante el espejo. 1934. Gouache s/papel. 21 x 27 cm Colección particular

En Bañistas (1938), cuatro mujeres aparecen en situación de baño. Tres de las mujeres asumen las actitudes convencionales: una está en cuclillas, otra se lava el cabello y la tercera suelta su toalla para ingresar al agua. No parecen estar conscientes de ser observadas, a diferencia de la cuarta bañista que mira directamente al espectador con expresión severa y escondiendo su cuerpo en la toalla. Parece enjuiciar la intrusión de un observador que cree tener derecho a mirar el cuerpo de la mujer en cualquier momento. Su gesto de ocultar su cuerpo, a diferencia de la actitud despreocupada de la mujer desnuda que está detrás, parece referir a que la vergüenza en relación al cuerpo desnudo se relaciona no con los cuerpos en sí sino con las personas que los miran.

Bañistas. 1938. Gouache s/papel. 23 x 28 cm. Colección particular

María Izquierdo pintó también desnudos femeninos en pasajes oscuros y fantásticos y en posiciones de sufrimiento y esclavitud. Se constituyen en una denuncia de los abusos de la sociedad hacia las mujeres. En Alegoría del trabajo (1936) muestra una mujer desnuda, encogida, cubriéndose la cara con las manos, en un paisaje de montaña o volcanes. Dos columnas, como símbolos fálicos, marcan la dominación masculina sobre el espacio. Dos piernas contundentes, masculinas, se extienden encima de ella, con una esfera dorada con una luna y estrellas cubriendo el lugar correspondiente a los genitales. Se trata de una pintura que de manera nada sutil expresa la vulnerabilidad de la mujer frente a la dominación masculina, y se convierte en una clara alusión a la alta tasa de violencia sexual en México durante y después de la Revolución.

Alegoría del trabajo. 1936. Acuarela y temple s/papel. 21 x 28 cm. Colección Blaisten

Los entornos utilizados por la artista, a menudo sombríos   buscan provocar en el espectador un particular estado de ánimo, una emotividad, una inquietud. No sólo los correspondientes a desnudos femeninos, también son los paisajes que enmarcan naturalezas muertas o escenas de caballos, por ejemplo. Estas producciones se emparentan con la pintura metafísica de Giorgio de Chirico y también con el surrealismo. En 1936 el poeta y dramaturgo Antonin Artaud, de visita por entonces en México, se muestra sumamente atraído por la pintura de María en la que, a pesar de advertir influencias de las vanguardias europeas, encontraba un alma verdaderamente mexicana, y sostenía “María Izquierdo está en comunicación con las verdaderas fuerzas del alma india, lleva su drama dentro de sí misma…”.[ii] En 1937 Artaud organizó en París, con unas treinta obras de Izquierdo que él mismo llevó a su regreso de México, una exposición en la Galería Van den Berg titulada “Le Mexique et l’espirit primitif: María Izquierdo”.

Decíamos más arriba que tanto Izquierdo como Tamayo buscaron romper con el rol político y propagandístico que las figuras clave del muralismo habían asignado al arte. En 1947 Izquierdo declaraba, en una publicación del Instituto de Bellas Artes, que evitaba “temas anecdóticos, folklóricos y políticos porque dichos temas no tienen ni fuerza plástica ni poética” y pensaba “que en el mundo de la pintura un cuadro es una ventana abierta a la imaginación humana”.[iii] Esta postura la acercó, durante esa década de 1930, al grupo de vanguardia literaria denominado los Contemporáneos, que planteaban la idea de un arte puro y estuvieron muy ligados a las vanguardias internacionales. La obra de Izquierdo fue objeto de muchos escritos por parte de integrantes del grupo al tiempo que publicaron algunas de sus pinturas en la edición de setiembre de 1929 de su revista “Contemporáneos”.

En la década siguiente, en los años 40, la pintora, en la ampliación de temas que señalábamos, enfatiza mucho más la llamada “mexicanidad” a partir de recurrir, en el caso de sus autorretratos, por ejemplo, a acentuar los rasgos indígenas, a los vestidos y peinados tradicionales, y en el caso de las alacenas y los altares, a objetos de la cultura popular mexicana. Así como para las escenas circenses acude a sus recuerdos infantiles y a su fascinación por el circo, en el caso de esta nueva tipología de naturalezas muertas integrada por las alacenas y los altares, Izquierdo apela a su pueblo natal, San Juan de Lagos, con la feria anual que reunía peregrinos y todo tipo de productos para su comercialización. Revela así un interés por lo local, por las tradiciones, por las artes populares, coincidiendo aquí con el muralismo, pero no con la intención de construir un imaginario visual que actúe como soporte de una identidad nacional, sino que toma esos elementos y les brinda un giro metafórico y poético. La profusión de dulces, juguetes populares, cerámicas, ex votos, calaveras de azúcar, etc., no sólo relaciona su pintura con íconos característicos de “lo mexicano”, en un claro interés por recuperar tradiciones, sino que la entronca con el arte colonial de México del siglo XVIII y con el arte ingenuo desarrollado en el país entre fines del siglo XIX y principios del XX. Pero también está presente la mirada de Izquierdo sobre la mujer: las alacenas como metáforas de las constricciones de la sociedad mexicana sobre las mujeres. El repertorio de objetos cotidianos, muchos de ellos que remiten en forma directa a la sexualidad, encerrados en una alacena como metáfora de la feminidad atrapada.

Alacena con dulces cubiertos. 1946. Óleo s/tela. 62 x 50 cm. Colección particular

Muchas obras de los años 40 también utilizan el paisaje con una mirada inquietante sobre los efectos de la modernidad y la industrialización en la naturaleza y en el medio rural en general. Paisajes desolados, con tierras yermas y árboles de ramas truncas, parecen estar remitiéndonos a un crecimiento estancado, a fuertes desarraigos, a una frustración con ese México posrevolucionario que ha incumplido las promesas de la revolución, subvirtiendo así la narrativa triunfalista y hegemónica controlada por el estado.

Estación tropical. 1940. Gouache s/papel 44 x 59 cm. Colección Blaisten

María Izquierdo no sólo fue una figura importante de la escena artística mexicana, sino que tuvo un notorio accionar a nivel cultural y político.[iv] En una sociedad que asignaba a la mujer un lugar en el hogar y en un medio artístico dominado por los hombres, Izquierdo participó activamente en asociaciones feministas y en agrupaciones de lucha contra el fascismo y enfrentó, como lo veremos un poco más adelante, prácticas autoritarias y machistas.

Formó parte de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR)[v]. En 1935 dirigió la muestra “Carteles Revolucionarios Femeninos”, organizada en el marco de la Secretaría de Educación Pública (SEP) con la participación de varias artistas vinculadas a la LEAR. En esta muestra, Izquierdo presentó el afiche “Pulquería El Atorón”, xilografía realizada para la campaña presidencial de Lázaro Cárdenas. En 1937, como miembro de la sección femenil de Artes Plásticas del Departamento de Bellas Artes de la SEP, organizó una subasta de arte mexicano para contribuir al pago de la deuda petrolera. En 1939 formó parte del Comité Ejecutivo de la Sociedad Panamericana de Mujeres, y en 1944 presidió el Comité Organizador del Primer Congreso Internacional de Artistas y Escritoras Antifascistas. En repetidas oportunidades dictó conferencias y escribió artículos, realizando crítica de arte, para diarios y revistas.

En 1938 inicia una relación con el pintor chileno Raúl Uribe, con el que se casa en 1944. Uribe trabajaba en la embajada de su país en México y a partir de sus contactos consiguió compradores para sus cuadros, transformándose en un promotor de la pintora. En 1944 Izquierdo es designada por la SEP para una misión cultural en Perú y Chile. Durante esta gira dictó conferencias sobre la pintura en México y realizó muestras de sus obras en Perú y Chile. En este último país, fue recibida por el poeta Pablo Neruda quien la promovió con entusiasmo en el medio cultural chileno y en ocasión de su exposición en el Ministerio de Educación en Santiago de Chile, el 19 de junio de 1944, leyó su poema en prosa “Bienvenida a María Izquierdo”[vi]:

Tú no has pintado puentes de ciudades extrañas, ni catedrales civilizadas, sino humildes circos, indios desconocidos, cerámicas tutelares, franjas de tierras quemadas bajo las que mañana dormiremos todos… Te doy la bienvenida, gran pintora de México. En tu lenguaje vivo, sabio e infantil, razonable y onírico, se mezclan las flores de papel, las cortinas de percal, las litografías populares, los cuadros del fotógrafo ambulante, a los elementos poéticos y americanos, a las materias misteriosas de la atmósfera y de nuestros objetos, y a los más profundos círculos natales.

De vuelta de su viaje (del que publicó varias crónicas en el periódico Excelsior) María Izquierdo firma, en febrero de 1945, un contrato con el Jefe del Departamento del Distrito Federal de México, el licenciado Javier Rojo Gómez, para pintar el cubo y los plafones de la escalera principal del Palacio del Distrito Federal, sito en el Zócalo de la Ciudad de México. Estaba en un momento de su carrera de gran reconocimiento, con muchas exposiciones y prestigio acumulado, por lo que realizar un mural en un lugar de tal importancia política significaba para la pintora la oportunidad de colocarse en el rango de los consagrados muralistas Rivera, Orozco y Siqueiros. En el contrato firmado se estipulaba que la pintura se realizaría al fresco y el tema debía girar en torno a la “Historia y desarrollo de la ciudad de México”. La pintora prepara varios bocetos, algunos a lápiz y acuarela y otros a tinta, tanto para los muros como para los plafones. Para el caso de estos últimos se había convenido que el tema fueran las artes. Además de los bocetos, compró materiales, colocó andamios, contrató personal. En los meses siguientes varios motivos le fueron comunicados para justificar el retraso en el inicio de los trabajos. Y finalmente, en octubre de 1945, el contrato fue cancelado. Sin brindar mayores explicaciones, Rojo, en compensación, ofreció a Izquierdo los muros de alguna escuela o mercado, ofrecimiento que ésta declinó por considerar que de aceptar estaba lesionando su carrera y prestigio. De acuerdo a los bocetos que sobreviven, la pintora pensó en representar el campo como contrapunto fundamental del progreso urbano, contraponiendo la Tenochtitlán prehispánica a la moderna ciudad de México en un muro y en otro el contraste en el cultivo del maíz confrontando el ámbito rural con el fabril. No quedaron claras las razones de la cancelación del contrato, se cree que Rojo se asesoró con Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros y que éstos desaconsejaron la realización del mural por parte de Izquierdo, alegando su falta de experiencia en la técnica del fresco y en la elaboración de murales, y sugiriendo se le asignase un edificio de menor importancia. Hay que considerar varios motivos por los que pudo darse esta oposición a Izquierdo; por un lado, sus posturas con respecto al arte político e histórico que desarrollaba el muralismo pudieron haber predispuesto a los grandes; por otra parte, la competencia por los muros entre los artistas era importante, y en esos momentos ni Rivera ni Siqueiros tenían encargos de la importancia del que se le había realizado a Izquierdo. También pudo haber sido un factor importante el protagonismo que la pintora asignaba a la mujer en toda la obra, de acuerdo a los bocetos elaborados. Además, hay que tener presente que las figuras más importantes del muralismo, Orozco el primero, consideraban que sólo un hombre tenía las cualidades idóneas para realizar pintura mural.      Lo cierto es que la cancelación del contrato fue un duro golpe para Izquierdo, económico, por los gastos realizados, y emocional, ya que con gran entereza denunció la situación de discriminación y abuso de poder de que fue víctima, así como el monopolio que los tres grandes claramente detentaban en el ámbito del arte oficial.

Boceto para muro de la escalera principal del Palacio del Distrito Federal. Gouache s/papel

En estos años María realiza varios altares con la Virgen de los Dolores, altares hogareños que conmemoraban la fiesta de los siete dolores de la Virgen que se realizaba una semana antes del Viernes Santo. Además de la imagen de la Virgen, aparecían en ellos las ofrendas que se solían realizar: frutas, flores, velas, objetos de cerámica; con cortinas de encaje blanco transparente enmarcando el altar y la pintura.

Viernes de Dolores. 1944-45. Óleo s/tela. 76 x 61 cm. Colección Blaisten

En 1948 María Izquierdo sufre una hemiplejia que le paraliza el lado derecho del cuerpo y el habla. Con gran tenacidad luchó por su rehabilitación, lo que le permitió volver a pintar, actividad que realizaba con muchísimas dificultades. En los años siguientes tuvo dos nuevas embolias que terminaron con su fallecimiento en 1955, a la temprana edad de 53 años.                                                                                       

María Izquierdo ha sido vista tradicionalmente, desde la historiografía del arte, como una artista cuyo trabajo se reduce a expresar “lo personal”, mientras que son los artistas hombres de su tiempo los que se ocuparon de los temas sociales y políticos. Sin embargo está claro que la obra de María abordó de distintas formas temas sociales, tales como la situación de la mujer en relación a la violencia machista, las restricciones impuestas a la mujer en la esfera pública, la cultura popular provinciana, la modernidad y la industrialización vistas a través de paisajes desolados e inquietantes como una metáfora de ese México posrevolucionario en que le tocó vivir.



Fuentes consultadas:

Andrade, L. (2003). Mujeres de barro y sangre. Poligrafías. Revista de literatura comparada, N° 4, 159-165. Recuperado de: http://revistas.unam.mx/index.php/poligrafias/article/view/31339 

Comisarenco Mirkin, D. (2017). Eclipse de siete lunas. Mujeres muralistas en México. México: Artes de México

Cotter, H. (1997). Painter on a pendulum, swinging from innocent to elegiac and back. Recuperado de: https://www.nytimes.com/1997/05/30/arts/painter-on-a-pendulum-swinging-from-innocent-to-elegiac-and-back.html

Deffebach, N. (2018). María Izquierdo: arte puro y mexicanidad. Co-herencia. Revista de Humanidades, Vol 15 N° 29, 13-36. Recuperado de: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=6564289 

Goodkin, C. (2013). La Desnuda Rebelde y el Bodegón Subversivo: Una Reinterpretación del Arte de Olga Costa y María Izquierdo. Tesis de Grado. Claremont McKenna College. Recuperado de: https://scholarship.claremont.edu/cmc_theses/759/

Gómez Haro, G. (2013). María Izquierdo, pasión y melancolía. Recuperado de: https://www.jornada.com.mx/2013/10/06/sem-germaine.html

Guzmán Romero, A. (s/f). Tres mujeres surrealistas en México. Parte III. María Izquierdo. Recuperado de: http://www.pudh.unam.mx/perseo/tres-mujeres-surrealistas-en-mexico-3/

Lucie-Smith, E. (1993). Arte latinoamericano del siglo XX. Barcelona: Ediciones Destino S.A.

Martín Navarrete, M. (2014). Lo que no pudo ser: María Izquierdo y su intento fallido por incursionar en el muralismo en 1945. Tesis de Maestría. Universidad Nacional Autónoma de México. Recuperado de https://repositorio.unam.mx/contenidos/139073

Ortiz Gaitán, J. (2019). Magia y ensueño en la obra de María Izquierdo. En La mujer en el arte: su obra y su imagen. Una revisión de su quehacer, en el marco de los 50 años de inicio de los estudios de Posgrado en Artes y Diseño en la UNAM. (pp. 45-55) México: UNAM

Reza, A. y Reza, D. (2014). Creadoras mexicanas, más allá de Frida Kahlo. En Nuevas Artemisias. Creación, tradición y mito (pp. 22-43). Barcelona: Emblecat Edicions.

Vázquez Juárez, J. (2016). Maniquí: una obra desaparecida de María Izquierdo. Tesis de Maestría. Universidad Nacional Autónoma de México, Recuperado de https://repositorio.unam.mx/contenidos/67433

Torres, A. (2011). El muralismo mexicano: cuestión de hombres. En Recéndez, E., Gutiérrez, N. y Aranz, D. (Coords.) Presencia y realidades: investigaciones sobre mujeres y perspectiva de género (pp. 589-598). Zacatecas: Universidad Autónoma de Zacatecas.

Zavala, A. (2013). María Izquierdo y Rufino Tamayo: a propósito de deudas e influencias. En Comisarenco Mirkin, D. (Coord.) Codo a codo: parejas de artistas en México (pp. 197-224). México: Universidad Iberoamericana.

https://museoblaisten.com/Artista/240/Maria-Izquierdo


[i] Véase Gómez Haro, G, María Izquierdo, pasión y melancolía

[ii] Citado por Reza, A y Reza, D., Creadoras mexicanas, más allá de Frida Kahlo, p. 38

[iii] Citado en Zavala, A. María Izquierdo y Rufino Tamayo: a propósito de deudas e influencias, p. 205

[iv] Véase Torres, A. El muralismo mexicano: cuestión de hombres, pp. 591-592

[v] Agrupación vinculada al Partido Comunista de México, fundada a finales de 1933 con los objetivos de luchar contra el imperialismo y el fascismo, apoyar las luchas de los trabajadores y unificar a los intelectuales de izquierda.

[vi] Citado en Deffebach, N. María Izquierdo: arte puro y mexicanidad, p. 27

lunes, 14 de febrero de 2022

viernes, 28 de enero de 2022

Nuevo curso vía Zoom! El muralismo mexicano

 Ciclo de charlas sobre El muralismo mexicano, a cargo de la Prof. Mónica Salandrú



Inscripciones https://forms.gle/vXP8Cp68pL9T6Ghr8

Para mayor información y todo tipo de aclaraciones: arteenlahistoria2021@gmail.com

viernes, 10 de diciembre de 2021

Eduardo Vernazza en el Espacio Cultural del Edificio Artigas

 “Eduardo Vernazza, el arte en escena”

Eduardo Vernazza fue un artista plástico uruguayo nacido en Montevideo el 13 de octubre de 1910 y fallecido el 26 de mayo de 1991. Reconocido dibujante, pintor y crítico de arte, tuvo una formación prácticamente autodidacta. En dibujo recibió clases de su tío Marcelino Buscasso y frecuentó también el Círculo de Bellas Artes, tomando clases de escultura con Severino Pose. Siendo muy joven, con apenas 20 años, ingresa como dibujante en el diario El Día, ilustrando la sección Policiales a través de “apuntes”, es decir, imágenes (dibujos, bocetos) que por medio de escasos y precisos trazos sintetizan un hecho, un acontecimiento, o, como veremos más adelante, un espectáculo.

Tiempo después pasa a tener la sección “Ocio y Espectáculos”, ya no sólo como dibujante sino también como cronista. En esta tarea permanecerá hasta el cierre de El Día en la década de 1980. Sus “apuntes” acompañarán sus textos sobre las artes escénicas de Uruguay por más de 50 años.

Si bien el ballet constituyó el objeto de representación preferido, sus apuntes y críticas periodísticas abarcaron todo tipo de representaciones, así como también a las artes visuales, en particular el dibujo y la pintura.

Su obra plástica en relación al espectáculo teatral, nacional e internacional, consistía en la realización de esbozos rápidos desde la primera fila de la sala. Constituían el punto de partida de los “Apuntes” con los que acompañaba sus notas periodísticas. Y muchos de ellos se convirtieron en la base de pinturas al óleo de gran formato.

A través de su lápiz desfilaron obras, actores y autores de primer nivel, tanto del ámbito nacional como internacional. Sus ilustraciones y notas documentaron así la denominada “época dorada” de las artes escénicas en Uruguay, que se extiende  desde la década de 1930 a la de 1950.

De sus dibujos y pintura emergen Margarita Xirgú, Estela Medina, Dahd Sfeir, China Zorrilla, Vittorio Gassman, Vivian Leigh, Rudolf Nureyév, Margot Fonteyn, entre muchos otros,  captando siempre un gesto, una pose, una mirada, que los identifica y define.

En los bailarines, la captación del instante se da con unas pocas líneas, que nos sintetizan magistralmente el movimiento.

Y en sus óleos sobresale el color: vivaz, sugestivo, arriesgado.

Y es a este universo creativo de Vernazza que nos acerca la muestra que está llevando adelante el Espacio Cultural del Edificio Artigas, “Eduardo Vernazza, el arte en escena”. Se trata de una colección privada que, según nos comentó la Sra. Roxana Palotta, Directora del Espacio Cultural y responsable de la exposición, generosamente se puso a disposición de este evento en un esfuerzo de difundir la obra de Vernazza, escasamente visitada por galerías y museos. La colección tiene una unidad, marcada por su referencia a las artes escénicas. Pero anotemos brevemente que Vernazza tiene una obra plástica, tanto a nivel de dibujos y pinturas, bastante más amplia, que abarca escenas callejeras, el mundo del circo, el candombe, bodegones, marinas, etc.


En el subsuelo del emblemático edificio art decó, Rincón 487, la exposición se puede visitar de lunes a viernes de 12 a 17 hrs., hasta el próximo 25 de febrero.

Algunas de las obras que pueden verse en la muestra:






Para ampliar información:

Entrevista a la Directora del Espacio Cultural del Edificio Artigas, Roxana Palotta, en el programa “En Perspectiva” el pasado 1° de diciembre:

https://www.youtube.com/watch?v=0j9-OhpHrac 

Comentario sobre la muestra en Revista Dossier:

https://revistadossier.com.uy/artes-visuales/eduardo-vernazza-el-momento-preciso/

El arte cinético de Eduardo Vernazza por la Dra. Nathalie Roelens, en:

http://eduardovernazza.blogspot.com/2015/06/el-pintor-y-dibujante-de-uruguay.html 

Algunas de la notas de Eduardo Vernazza para El Día, en:

http://letras-uruguay.espaciolatino.com/vernazza_eduardo/index.htm

 

lunes, 15 de noviembre de 2021

El palco del teatro como tema en la pintura de los impresionistas a través de dos cuadros, uno de Mary Cassatt y otro de Pierre-Auguste Renoir

Prof. Mónica Salandrú 

Pintar la vida moderna fue una de las características del Impresionismo, pintar a la gente con sus indumentarias, en sus actividades cotidianas. Esto incluía las novedades que presentaba el ocio de la burguesía triunfante en los espacios urbanos de la renovada vida parisina. El teatro se convirtió en uno de los lugares preferentemente frecuentados por este grupo social, ya que se constituyó en un escenario social donde el estatus y las relaciones estaban en exhibición pública. El lugar ideal para ver y ser visto, para la demostración de riqueza y “buen gusto”. Y no sólo para la alta sociedad, ahora los nuevos ricos invadían los teatros para mostrarse. El tema del palco ya había sido tomado por dibujantes como Honoré Daumier, ya que era ideal para la sátira social: en sus dibujos aparecían hombres lascivos con anteojos de gran tamaño, mujeres maduras que luchaban por verse atractivas, padres que exhibían a sus hijas casaderas, provincianos que se movían torpemente en un ambiente que desconocían pero al que querían integrarse. También el mundo de la moda había hecho del palco un frecuente motivo de los dibujos de sus revistas, ubicando allí a elegantes damas que lucían los vestidos novedosos. Pero como motivo pictórico aparece por primera vez en el cuadro “El palco del teatro (La loge)” de Pierre-Auguste Renoir, presentado en la primera exposición impresionista en 1874.

Pierre-Auguste Renoir. "El palco". 1874. Óleo s/lienzo 80 x 63 cm. Instituto de Arte Courtauld, Londres

Una pareja elegantemente vestida en unos de los principales teatros de París constituyó un tema sin precedentes. Era un paradigmático tema de la vida moderna, y estaba representado también de una manera poco convencional: la composición recortada daba la impresión de una instantánea fotográfica, reforzada por la actitud diferente de ambos personajes. Mientras la mujer ha bajado sus binoculares para convertirse en centro de atención, el hombre levantó los suyos para mirar a otra persona entre el público. Mientras el rostro del hombre queda semioculto por los prismáticos, la joven se muestra en toda su belleza como en un marco dorado.  Esta pintura ilustra claramente los convencionalismos sociales en estos ámbitos: la mujer está para ser mirada y el hombre es el que mira (respondiendo a la tradicional práctica pictórica: los hombres pintan mientras las mujeres constituyen su tema). Estamos por tanto ante un claro ejemplo de las construcciones que en relación al género, caracterizan a esta época y a esta sociedad.  La escena fue preparada en el estudio del artista. Para la mujer posó Nini López, modelo de Renoir en diversas oportunidades. Y para el hombre posó Edmond, su hermano. Con una pincelada suave y fluida, Renoir genera una sinfonía en blanco y negro contraponiendo las rayas atrevidas del vestido de moda de la mujer con el atuendo de noche del hombre. 

Mary Cassatt. "Mujer de negro en la Ópera". 1878. Óleo s/lienzo 81 x 66 cm. Museo de Bellas Artes de Boston

Mary Cassat también abordó el tema del palco del teatro en varias de sus pinturas. En el óleo de 1878, “Mujer de negro en la Ópera”, Cassatt le dio a su figura femenina un papel notablemente más dinámico que el otorgado por Renoir a la suya, ya que mira con avidez a través de sus lentes de ópera la fila de asientos frente a ella (o la escena). En el fondo, arriba a la izquierda, un hombre dirige su mirada hacia ella. El espectador, que los ve a ambos, completa el círculo. En Cassatt la mujer, en lugar de un receptor pasivo de la mirada masculina, analiza activamente a la multitud y no muestra signos de ser consciente del espectador. Los binoculares, al ocultar su rostro, contribuyen a subvertir el rol asignado a la mujer de objeto de contemplación.  Esa postura inquisitiva sin duda rompe con los estereotipos comunes sobre la feminidad. El negro del vestido podría indicarnos su condición de viuda, y si es así, no tenía las mismas restricciones sociales que las solteras y las casadas. De todas formas, claramente estamos ante una mujer está asumiendo actitudes que esta sociedad reserva a la masculinidad.



miércoles, 3 de noviembre de 2021

Dos mujeres artistas en el Impresionismo: Berthe Morisot y Mary Cassatt

Prof. Mónica Salandrú
Artistas mujeres: 

En la década de 1970, el ensayo de Linda Nochlin “¿Por qué no ha habido grandes mujeres artistas?” pone en cuestión la omisión que la historiografía del arte ha realizado del estudio de la creación artística realizada por las mujeres a lo largo de la historia. E inaugura una serie de estudios que van al rescate de artistas mujeres olvidadas en los diferentes períodos históricos, buscando objetivar el peso del género en la historia del arte. 
En 1989 una acción del grupo “Guerrilla Girls”, colectivo feminista vinculado al mundo del arte, desplegó afiches en Nueva York en que se preguntaba: “¿Tienen que estar desnudas las mujeres para entrar en el Metropolitan Museum? Menos del 5% de los artistas de la Sección de Arte Moderno son mujeres, pero el 85% de los desnudos son femeninos.” La denuncia del colectivo se centraba en la hipervisibilidad de la mujer como objeto de representación frente a la invisibilidad como sujeto creador. Y la denuncia iba mucho más allá que a los investigadores de la historia del arte, involucrando museos, galerías, críticos, curadores, y otras instituciones dedicadas a la difusión de la creación artística. 
En la década de 1980 fue importante el peso de la obra de Rozsika Parker y Griselda Pollock “Old Mistresses. Women, Art and Ideology”, en la que las autoras sostenían que era insuficiente agregar a las mujeres y por lo tanto la tarea de la investigación feminista tenía que centrarse en comprender el peso de las construcciones del género en cada época, ya que son precisamente éstas las que definen quiénes pueden transformarse en artistas y quiénes deben ser recordados u olvidados. 

Se entendió pertinente realizar estas consideraciones previas a los efectos de contextualizar la aproximación que realizaremos en este artículo de dos de las pintoras más importantes del movimiento impresionista: Berthe Morisot y Mary Cassatt. Artistas que llegaron a tener un importante reconocimiento por parte de sus colegas varones, de la crítica y del público cercano al mundo del arte en la Francia del último cuarto del siglo XIX, y que sin embargo la historiografía del siglo XX tardó en integrarlas como objeto de investigación, y museos y curadores demoraron en realizar retrospectivas importantes que dieran cuenta de su actividad creadora. Acercarnos a su tiempo histórico y algunas características de su trabajo es lo que intentaremos abordar a continuación. 

La mujer creadora en Francia en la segunda mitad del siglo XIX: 

En este momento histórico, la burguesía está recluyendo a las mujeres en sus hogares. Para ello está construyendo un ideal de feminidad en que la mujer no debe aspirar a desarrollarse profesionalmente ya que eso está reservado a los hombres. Puede aspirar a formarse como una aficionada al arte, eso está bien visto, pero no a convertirse en una profesional. Y todo conspira entonces para que esta construcción del género se consolide a favor del monopolio masculino del arte, y de su naciente mercantilización. 

La primera traba a la que nos referiremos es la vinculada a las limitaciones en la formación artística de las mujeres. Hasta 1897 estuvieron excluidas de recibir educación en la École des Beaux Arts de París, institución de corte académico, patrocinada por el estado, reservada sólo a los estudiantes varones que eran los llamados a constituirse en artistas profesionales. La alternativa fue acudir a estudios particulares de artistas establecidos o academias particulares que ofrecían enseñanza para mujeres, a un costo bastante elevado, siendo los más conocidos el estudio de Charles Chaplin y la Academia Julian. Estas instituciones seguían los programas de estudio académicos, es decir que centralizaban la formación en el dominio de la anatomía humana a través del estudio del modelo desnudo en vivo. Esta formación era esencial en la pintura de historia o de mitología, las más reconocidas en la producción de obras de arte merecedoras de un sitial en el Salón. Y estas clases de dibujo les fueron negadas a las mujeres por considerárselas inapropiadas e incluso peligrosas para las buenas costumbres de las jóvenes. No fue sino hasta finales del siglo XIX que estos estudios y academias privadas ofrecieron la posibilidad a las mujeres del dibujo al natural, quedando excluidas entonces de la posibilidad de aspirar a encargos oficiales, concursos, becas, todos los cuales privilegiaban la pintura de historia sobre todos los otros géneros pictóricos. Muchas mujeres recurrieron al retrato, la pintura de género, el paisaje y la naturaleza muerta, todos temas considerados menores frente a los géneros “mayores”.
María Bashkirtseff. En el Estudio. 1881. Óleo s/lienzo 188 x 154 cm. Museo de Bellas Artes de Dnipró

Una segunda valla en la dedicación de la mujer de manera profesional al arte tiene que ver con la presión de los convencionalismos sociales en relación a los roles de clase y género. Como ya decíamos, si bien se fomentaba el talento de la mujer en el dibujo o en la acuarela como parte de una buena educación burguesa, no se admitía una carrera profesional que la distrajera de sus roles “naturales” de esposa y madre. Estas presiones sociales resultan evidentes en el destino de mujeres artistas como Edma Morisot, hermana de Berthe, joven con mucho talento que abandona la pintura al contraer matrimonio en 1869, decisión de la que luego se arrepentirá, según surge de cartas escritas a su hermana, pero que no tendrá marcha atrás al optar por su rol natural de esposa y madre. Otro ejemplo es la artista Marie Bracquemond, que luego de una formación muy sólida y de exponer durante varios años con los impresionistas y siéndole reconocido su talento tanto por sus colegas masculinos como por los críticos, decide abandonar la pintura en 1890 debido a la oposición de su esposo, el pintor Félix Bracquemond, a que se desarrollara como pintora impresionista. La artista estadounidense Mary Cassatt optó por la soltería, como una alternativa clara e independiente para poder sostener su carrera artística a lo largo de su vida. Berthe Morisot atrasó bastante su matrimonio y cuando se casó lo hizo con alguien que la apoyó en su carrera brindándole así la posibilidad de desarrollarse profesionalmente. También es interesante anotar que estas artistas, que expusieron y lograron un reconocimiento público, están asociadas de distinta forma a artistas hombres notorios: Berthe Morisot cuñada, modelo y amiga de Édouard Manet, quien ofició de puente entre ella y el grupo impresionista. Mary Cassatt amiga de Edgar Degas, invitada por éste a participar de las exposiciones impresionistas. Y Marie, como vimos, esposa de Félix Bracquemond, vinculado por amistad con algunos de los pintores impresionistas y participante también de sus muestras. 

En tercer lugar señalemos las limitaciones en relación a los espacios públicos por los que estas mujeres pueden circular libremente. La imposibilidad de asistir libremente a cafés, salones de baile, café teatros, y otros locales nocturnos, permitidos a los hombres pero no a mujeres de su clase social, sumado a la incapacidad de ir sin escolta a parques, avenidas, y ni que decir viajar, constituyó una clara desventaja a la hora de poder representar los temas de la vida moderna más característicos del impresionismo. Esta falta de libertad explica la recurrencia en la obra de las pintoras impresionistas de los temas que se podían pintar desde el hogar: retratos, escenas de género, naturalezas muertas. La rusa María Bashkirteff, alumna de la Academia Julian, escribía en su diario en 1882: “¡Ah! Cuán dignas de compasión son las mujeres, los hombres al menos son libres. Independencia absoluta en la vida diaria, libertad para ir y venir, para salir, para comer fuera o en casa, para pasear por el Bois de Boulogne o ir al café; esta libertad es la mitad de la batalla por adquirir talento, y tres cuartas partes de la felicidad de cada día”. (Citado por Smith, 2006, p. 68)

En los párrafos precedentes se ha querido contextualizar desde lo artístico el ambiente en que iniciaron su formación y desarrollaron su obra las pintoras impresionistas, así como el espacio social que les es permitido observar y representar en su pintura. A continuación vamos a presentar algunos aspectos de su vida y su obra para aproximarnos al aporte realizado al impresionismo.

Berthe Morisot (1841-1895)

Berthe Morisot nació en Bourges, Francia, en 1841, en el seno de una familia de la alta burguesía. Tataranieta del pintor Jean-Honoré Fragonard, fue educada en el gusto por las artes y la música. Junto a su hermana Edma inició tempranamente una formación pictórica con varios maestros, entre ellos el artista Joseph-Benoît Guichard. En 1858 se inicia como copista en el Louvre y conoce a Fantin-Latour y a Félix Bracquemond. Por intermedio de un nuevo maestro, Achille Oudinot, conocen a Camille Corot e inician, a partir de 1860, una práctica de pintura al aire libre.

En 1868 Berthe conoció a Édouard Manet, posando para él en varias de sus obras. La primera de ellas fue El balcón, presentada por Manet en el Salón de 1869. Entre 1864 y 1873, Morisot presentó regularmente obras en el Salón. En 1874 se constituyó en la primera pintora que decidió unirse al Impresionismo, participando en la Primera Exposición Impresionista realizada entre el 15 de abril y el 15 de mayo en el estudio del fotógrafo Nadar. A fines de ese mismo año contrae matrimonio con Eugène Manet, hermano menor de Édouard, quien resultó un apoyo muy importante en su desarrollo profesional. Interesada en la activa vida cultural de la época, se relacionó con intelectuales y artistas como Monet, Renoir, Pissarro, Degas, Mallarmé o Valéry.

La vinculación de Morisot con el impresionismo fue más allá de su carácter de expositora, fue una activa participante en las tareas organizativas y puntal de la financiación de las muestras. Llegó a participar en siete de las ocho exposiciones realizadas por el grupo entre 1874 y 1886.

Y con respecto a Manet, la relación entre ambos pintores se benefició de influencias mutuas. Morisot tomó muchas de las características de la pintura de Manet, así como influyó en éste para que adoptara la pintura al aire libre y para que su paleta se fuera aclarando.

La cuna.1872. Óleo s/lienzo 56 x 47 cm. Museo de Orsay, París

Esta obra, presentada en la primera exposición impresionista en 1874, representa a la hermana de la pintora, Edma, con su pequeña hija Blanche. Se trata de la primera aparición de la maternidad como tema en la obra de Morisot. Es una pintura en la que ya se va perfilando el estilo de Berthe: predilección por los colores claros y en particular el blanco, interés por los aspectos psicológicos, creación de efectos atmosféricos. En la composición del cuadro destaca una diagonal que conecta a la madre con la hija, partiendo del rostro de Edma y su brazo doblado se proyecta al brazo y rostro del bebé, acentuándose por la disposición de la cortina al fondo. El marcado contraste entre el negro y el blanco revela la influencia de Manet, así como la luz entrando por la ventana a través de las cortinas nos remite a Degas. La mujer mira pensativamente a su hijo sin que aparezcan los tópicos sentimentales con que visualmente se solía representar el amor materno. Aun así, la ternura está presente en la forma en que la mano sostiene el velo que protege al bebé. Todo el cuadro transmite una cierta melancolía a partir del gesto de meditación que implica la cabeza de Edma apoyada en la mano.

Mujer en su toilette. 1875-80. Óleo s/lienzo 60 x 80 cm. Instituto de Arte de Chicago

En este óleo, correspondiente ya al momento que su técnica impresionista está plenamente definida, Morisot aborda uno de los temas de la vida moderna muy frecuentado por los impresionistas: la toilette. La intimidad del baño y los rituales de limpieza de la mujer (presentes frecuentemente en la pintura desde el Barroco en adelante) fue muy pocas veces abordado por artistas mujeres, posiblemente por sus connotaciones eróticas y voyeuristas. Precisamente ahí radica el punto de vista diferente que aportan tanto Morisot como Cassatt en la representación de esta temática: mientras la mirada masculina (pensemos en las obras de Manet, Degas e incluso Renoir) está impregnada de una actitud de acechar la intimidad femenina a través del ojo de la cerradura (al decir de Degas), la mirada de las artistas mujeres es de absoluta franqueza y naturalidad. Delicada y sugerente, la protagonista del cuadro no muestra su rostro y el espejo, gran protagonista, está ahí sólo para ella y no para compartir su imagen. Vemos ese gusto de Morisot por los colores claros, el sutil manejo del blanco con matices de lavanda, rosa, gris y azul, distribuidos con pinceladas suaves y plumosas, generando un efecto vaporoso, característico de la mayoría de sus pinturas. Presentado este cuadro en la quinta exposición impresionista, en 1880, tuvo un gran reconocimiento, tanto de sus colegas masculinos como de la crítica.

Día de verano. ca. 1879. Óleo s/lienzo 46 x 75 cm. Galería Nacional, Londres

Este cuadro, exhibido también en la quinta exposición impresionista en 1880, representa una escena en el Bois de Boulogne, uno de los parques más frecuentados por la burguesía parisina. Si bien se trata de una escena en un espacio público, es un espacio cercano al domicilio de la pintora y la temática se encuadra también en las preferidas por los impresionistas: escenas de ocio de la burguesía urbana. Aquí Morisot se ha valido de dos modelos profesionales y seguramente la obra se inició en el lugar (una acuarela preparatoria así parece documentarlo) pero luego se terminó en el taller. Se enfoca en las dos mujeres (y no en las multitudes que a diario visitaban el parque), bien de cerca, ubicando al espectador en el mismo bote. Para realzar más el efecto de intimidad la escena se recorta empujando el horizonte hacia la parte superior de la imagen. Al fondo vemos un follaje muy resumido con unas personas a lo lejos. En un ambiente lleno de luz, una malla de pinceladas texturizadas integra a las mujeres con el agua y el follaje circundantes. Se trata de unas pinceladas en zigzag, llenas de audacia y vigor, que generan prismas brillantes de luz refractada en la superficie  del lago. En algunas áreas, la imagen casi se disuelve en patrones abstractos de pinceladas animadas. Esta pintura fue vista por algunos críticos como un trabajo inacabado (crítica que se reitera en varios trabajos de Morisot).


 Mary Cassatt (1844-1926)

Mary Cassatt nace en Pittsburgh en el seno de una familia acomodada. Pasó sus primeros años con su familia en Francia y Alemania. Entre 1860 y 1862 estudió en la Academia de Bellas Artes de Pensilvania, pero ya a partir de 1865-1866 está estudiando en París, primero con Jean-León Gérôme y después en el estudio de Charles Chaplin, prolongando su estadía hasta 1870. Con el inicio de la guerra franco-prusiana regresa a los Estados Unidos, pero ya en 1871 regresa a Europa estudiando en Italia (Parma) en 1872 y visitando en 1873 España, Bélgica y Holanda. En 1874 se instala nuevamente en Paris, ciudad en la que vivirá hasta su muerte en 1926. Hasta 1877 expone regularmente en el salón. En este año Degas la invita a exponer con los impresionistas, constituyéndose en la única estadounidense en formar parte del grupo. Cassatt expone en las muestras de 1879, 1880, 1881 y 1886. La amistad que desarrolla con Degas será muy fructífera desde el punto de vista artístico, ambos comparten su interés por la representación de temas contemporáneos, por las composiciones de figuras, por la importancia dada al dibujo, así como por la exploración de nuevas técnicas. Entre fines de la década de 1870 y principios de la de 1890 los principales temas representados corresponden a la familia (sobre todo pinturas de su hermana Lydia), distintas escenas de género y escenas de ópera y teatro. A partir de 1890 se especializó en el tema de la madre y el niño, representado en óleos, pasteles y grabados.

Es interesante el trabajo de Cassatt asesorando a coleccionistas de arte norteamericanos, contribuyendo así en el ingreso del impresionismo a los Estados Unidos a través de obras de Degas, Pissarro o Monet. Destaca en particular su asesoramiento para la conformación de la colección Havemeyer, hoy en el MET.

Mujer de negro en la ópera. 1878. Óleo s/lienzo 81 x 66 cm. Museo de Bellas Artes, Boston

Entre los espectáculos de la modernidad, que formaban parte de las preferencias para el ocio burgués, tiene un lugar destacado el tema de la ópera, el teatro como un escenario social donde el estatus y las relaciones estaban en exhibición pública: ver y ser visto. El tema abordado por artistas hombres (Renoir y Degas entre ellos) colocaba a las mujeres, receptora natural de la mirada masculina de acuerdo a la ideología de género dominante, en palcos como si estuvieran expuestas en marcos dorados. Cassatt, por el contrario, en lugar de ubicar a la mujer como un receptor pasivo de la mirada masculina, le otorga un papel notablemente dinámico: mira con avidez, a través de sus lentes de ópera, a la fila de asientos frente a ella y no muestra signos de ser consciente del espectador. En el fondo (arriba, a la izquierda) un hombre dirige su mirada hacia ella. El espectador, que los ve a ambos, completa el círculo. Los binoculares tienen el efecto de ocultar el rostro de la protagonista, subvirtiendo así el rol asignado a la mujer de objeto de contemplación, y su mirada inquisitiva rompe con los estereotipos comunes sobre la feminidad.

El té. ca.1880. Óleo s/lienzo 65 x 92 cm. Museo de Bellas Artes, Boston

La pintura forma parte de todas las obras de estas pintoras que documentan las actividades sociales de las mujeres de la alta burguesía, reflejando aspectos de género y de clase: bebiendo té, asistiendo a la ópera, tejiendo o leyendo. Pero a Cassatt le interesa más lo pictórico que lo narrativo, priorizando superficie, color, composición. Beber té constituía un ritual doméstico y social, a través del cual se ponía de manifiesto el estatus familiar. La escena se encuentra ambientada en un salón contemporáneo, un interior parisino típico de la alta burguesía. Comprueban esto detalles como el papel tapiz, la chimenea de mármol, la pintura en la pared con un elaborado marco dorado, el jarrón de porcelana. El antiguo servicio de té plateado (en un primerísimo primer plano y en que emplea un recurso fotográfico al presentarlo más grande en escala que las propias mujeres) evidencia una rica historia familiar. Dos mujeres protagonizan el cuadro, en roles tradicionales de anfitriona e invitada. La anfitriona, con un sencillo vestido de día marrón apoya su mano en la barbilla. La invitada, con el sombrero, los guantes y el pañuelo en el cuello, nos indica que ha venido desde afuera. La instantaneidad cuasi fotográfica se nos presenta en la captación de la invitada en el acto transitorio de beber. La composición es osada al presentarnos formas ovaladas (presentes en varios objetos) como patrones repetitivos contrastando con la estricta geometría del papel tapiz.

Mujer con bebé. ca. 1902.  Pastel s/papel  72 x 53 cm. Instituto de Arte Clark, Williamstown, Massachusetts

Como señalamos antes, a partir de 1890 las representaciones de mujeres con niños fueron habituales en la obra de Cassatt, que modernizó y secularizó las tradicionales imágenes de la Virgen y el Niño, despojándolas de su simbolismo religioso para transformarlas en escenas domésticas cotidianas. Ya sea en el baño, delante de un espejo, jugando, etc., nos presenta una visión apacible de la actividad de la mujer en su rol materno. Muchas de las composiciones revelan en mayor o menor grado la influencia de las estampas japonesas.

En este caso, esa influencia está presente en el kimono que usa la mujer. Buena parte de estas imágenes son pasteles, técnica con la que Cassatt trabajó mucho, a veces con un trazo más incisivo, otras de forma más aterciopelada. Esta obra forma parte de esta última modalidad, donde claramente el pastel le permite trabajar la belleza de la carne, la tersura de la piel y del cabello, en contraste con los llamativos colores naranja, azul y verde del voluminoso kimono y del fondo.


Bibliografía consultada:

* Mayayo, P. (2015) Historias de mujeres, historias del arte. Madrid: Ediciones Cátedra

* Myers, N. (2008) Mujeres artistas en el siglo XIX en Francia. Recuperado de  https://www.metmuseum.org/toah/hd/19wa/hd_19wa.htm

Smith, P. (2006) Impresionismo. Madrid: Ediciones Akal

* Trasforini, M.A. (2021) Una historia indisciplinada. El género en la historia del arte. En G.Guzmán et al. El canon accidental: mujeres artistas en la Argentina 1890-1950 (pp.54-61) Buenos Aires: Museo Nacional de Bellas Artes

* Weinberg, B. (2004) Mary Stevenson Cassatt (1844-1926). Recuperado de https://www.metmuseum.org/toah/hd/cast/hd_cast.htm 

Páginas web consultadas:

https://www.nationalgallery.org.uk/paintings/berthe-morisot-summers-day 

https://collections.mfa.org/objects/32829/the-tea;jsessionid=A8F66D4026DCD0C3F46B782F41E87758?ctx=9c2a9d95-46d1-4c3f-bf06-89c65ab6f241&idx=9

https://www.museobilbao.com/obras-maestras/mary-cassatt