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miércoles, 3 de noviembre de 2021

Dos mujeres artistas en el Impresionismo: Berthe Morisot y Mary Cassatt

Prof. Mónica Salandrú
Artistas mujeres: 

En la década de 1970, el ensayo de Linda Nochlin “¿Por qué no ha habido grandes mujeres artistas?” pone en cuestión la omisión que la historiografía del arte ha realizado del estudio de la creación artística realizada por las mujeres a lo largo de la historia. E inaugura una serie de estudios que van al rescate de artistas mujeres olvidadas en los diferentes períodos históricos, buscando objetivar el peso del género en la historia del arte. 
En 1989 una acción del grupo “Guerrilla Girls”, colectivo feminista vinculado al mundo del arte, desplegó afiches en Nueva York en que se preguntaba: “¿Tienen que estar desnudas las mujeres para entrar en el Metropolitan Museum? Menos del 5% de los artistas de la Sección de Arte Moderno son mujeres, pero el 85% de los desnudos son femeninos.” La denuncia del colectivo se centraba en la hipervisibilidad de la mujer como objeto de representación frente a la invisibilidad como sujeto creador. Y la denuncia iba mucho más allá que a los investigadores de la historia del arte, involucrando museos, galerías, críticos, curadores, y otras instituciones dedicadas a la difusión de la creación artística. 
En la década de 1980 fue importante el peso de la obra de Rozsika Parker y Griselda Pollock “Old Mistresses. Women, Art and Ideology”, en la que las autoras sostenían que era insuficiente agregar a las mujeres y por lo tanto la tarea de la investigación feminista tenía que centrarse en comprender el peso de las construcciones del género en cada época, ya que son precisamente éstas las que definen quiénes pueden transformarse en artistas y quiénes deben ser recordados u olvidados. 

Se entendió pertinente realizar estas consideraciones previas a los efectos de contextualizar la aproximación que realizaremos en este artículo de dos de las pintoras más importantes del movimiento impresionista: Berthe Morisot y Mary Cassatt. Artistas que llegaron a tener un importante reconocimiento por parte de sus colegas varones, de la crítica y del público cercano al mundo del arte en la Francia del último cuarto del siglo XIX, y que sin embargo la historiografía del siglo XX tardó en integrarlas como objeto de investigación, y museos y curadores demoraron en realizar retrospectivas importantes que dieran cuenta de su actividad creadora. Acercarnos a su tiempo histórico y algunas características de su trabajo es lo que intentaremos abordar a continuación. 

La mujer creadora en Francia en la segunda mitad del siglo XIX: 

En este momento histórico, la burguesía está recluyendo a las mujeres en sus hogares. Para ello está construyendo un ideal de feminidad en que la mujer no debe aspirar a desarrollarse profesionalmente ya que eso está reservado a los hombres. Puede aspirar a formarse como una aficionada al arte, eso está bien visto, pero no a convertirse en una profesional. Y todo conspira entonces para que esta construcción del género se consolide a favor del monopolio masculino del arte, y de su naciente mercantilización. 

La primera traba a la que nos referiremos es la vinculada a las limitaciones en la formación artística de las mujeres. Hasta 1897 estuvieron excluidas de recibir educación en la École des Beaux Arts de París, institución de corte académico, patrocinada por el estado, reservada sólo a los estudiantes varones que eran los llamados a constituirse en artistas profesionales. La alternativa fue acudir a estudios particulares de artistas establecidos o academias particulares que ofrecían enseñanza para mujeres, a un costo bastante elevado, siendo los más conocidos el estudio de Charles Chaplin y la Academia Julian. Estas instituciones seguían los programas de estudio académicos, es decir que centralizaban la formación en el dominio de la anatomía humana a través del estudio del modelo desnudo en vivo. Esta formación era esencial en la pintura de historia o de mitología, las más reconocidas en la producción de obras de arte merecedoras de un sitial en el Salón. Y estas clases de dibujo les fueron negadas a las mujeres por considerárselas inapropiadas e incluso peligrosas para las buenas costumbres de las jóvenes. No fue sino hasta finales del siglo XIX que estos estudios y academias privadas ofrecieron la posibilidad a las mujeres del dibujo al natural, quedando excluidas entonces de la posibilidad de aspirar a encargos oficiales, concursos, becas, todos los cuales privilegiaban la pintura de historia sobre todos los otros géneros pictóricos. Muchas mujeres recurrieron al retrato, la pintura de género, el paisaje y la naturaleza muerta, todos temas considerados menores frente a los géneros “mayores”.
María Bashkirtseff. En el Estudio. 1881. Óleo s/lienzo 188 x 154 cm. Museo de Bellas Artes de Dnipró

Una segunda valla en la dedicación de la mujer de manera profesional al arte tiene que ver con la presión de los convencionalismos sociales en relación a los roles de clase y género. Como ya decíamos, si bien se fomentaba el talento de la mujer en el dibujo o en la acuarela como parte de una buena educación burguesa, no se admitía una carrera profesional que la distrajera de sus roles “naturales” de esposa y madre. Estas presiones sociales resultan evidentes en el destino de mujeres artistas como Edma Morisot, hermana de Berthe, joven con mucho talento que abandona la pintura al contraer matrimonio en 1869, decisión de la que luego se arrepentirá, según surge de cartas escritas a su hermana, pero que no tendrá marcha atrás al optar por su rol natural de esposa y madre. Otro ejemplo es la artista Marie Bracquemond, que luego de una formación muy sólida y de exponer durante varios años con los impresionistas y siéndole reconocido su talento tanto por sus colegas masculinos como por los críticos, decide abandonar la pintura en 1890 debido a la oposición de su esposo, el pintor Félix Bracquemond, a que se desarrollara como pintora impresionista. La artista estadounidense Mary Cassatt optó por la soltería, como una alternativa clara e independiente para poder sostener su carrera artística a lo largo de su vida. Berthe Morisot atrasó bastante su matrimonio y cuando se casó lo hizo con alguien que la apoyó en su carrera brindándole así la posibilidad de desarrollarse profesionalmente. También es interesante anotar que estas artistas, que expusieron y lograron un reconocimiento público, están asociadas de distinta forma a artistas hombres notorios: Berthe Morisot cuñada, modelo y amiga de Édouard Manet, quien ofició de puente entre ella y el grupo impresionista. Mary Cassatt amiga de Edgar Degas, invitada por éste a participar de las exposiciones impresionistas. Y Marie, como vimos, esposa de Félix Bracquemond, vinculado por amistad con algunos de los pintores impresionistas y participante también de sus muestras. 

En tercer lugar señalemos las limitaciones en relación a los espacios públicos por los que estas mujeres pueden circular libremente. La imposibilidad de asistir libremente a cafés, salones de baile, café teatros, y otros locales nocturnos, permitidos a los hombres pero no a mujeres de su clase social, sumado a la incapacidad de ir sin escolta a parques, avenidas, y ni que decir viajar, constituyó una clara desventaja a la hora de poder representar los temas de la vida moderna más característicos del impresionismo. Esta falta de libertad explica la recurrencia en la obra de las pintoras impresionistas de los temas que se podían pintar desde el hogar: retratos, escenas de género, naturalezas muertas. La rusa María Bashkirteff, alumna de la Academia Julian, escribía en su diario en 1882: “¡Ah! Cuán dignas de compasión son las mujeres, los hombres al menos son libres. Independencia absoluta en la vida diaria, libertad para ir y venir, para salir, para comer fuera o en casa, para pasear por el Bois de Boulogne o ir al café; esta libertad es la mitad de la batalla por adquirir talento, y tres cuartas partes de la felicidad de cada día”. (Citado por Smith, 2006, p. 68)

En los párrafos precedentes se ha querido contextualizar desde lo artístico el ambiente en que iniciaron su formación y desarrollaron su obra las pintoras impresionistas, así como el espacio social que les es permitido observar y representar en su pintura. A continuación vamos a presentar algunos aspectos de su vida y su obra para aproximarnos al aporte realizado al impresionismo.

Berthe Morisot (1841-1895)

Berthe Morisot nació en Bourges, Francia, en 1841, en el seno de una familia de la alta burguesía. Tataranieta del pintor Jean-Honoré Fragonard, fue educada en el gusto por las artes y la música. Junto a su hermana Edma inició tempranamente una formación pictórica con varios maestros, entre ellos el artista Joseph-Benoît Guichard. En 1858 se inicia como copista en el Louvre y conoce a Fantin-Latour y a Félix Bracquemond. Por intermedio de un nuevo maestro, Achille Oudinot, conocen a Camille Corot e inician, a partir de 1860, una práctica de pintura al aire libre.

En 1868 Berthe conoció a Édouard Manet, posando para él en varias de sus obras. La primera de ellas fue El balcón, presentada por Manet en el Salón de 1869. Entre 1864 y 1873, Morisot presentó regularmente obras en el Salón. En 1874 se constituyó en la primera pintora que decidió unirse al Impresionismo, participando en la Primera Exposición Impresionista realizada entre el 15 de abril y el 15 de mayo en el estudio del fotógrafo Nadar. A fines de ese mismo año contrae matrimonio con Eugène Manet, hermano menor de Édouard, quien resultó un apoyo muy importante en su desarrollo profesional. Interesada en la activa vida cultural de la época, se relacionó con intelectuales y artistas como Monet, Renoir, Pissarro, Degas, Mallarmé o Valéry.

La vinculación de Morisot con el impresionismo fue más allá de su carácter de expositora, fue una activa participante en las tareas organizativas y puntal de la financiación de las muestras. Llegó a participar en siete de las ocho exposiciones realizadas por el grupo entre 1874 y 1886.

Y con respecto a Manet, la relación entre ambos pintores se benefició de influencias mutuas. Morisot tomó muchas de las características de la pintura de Manet, así como influyó en éste para que adoptara la pintura al aire libre y para que su paleta se fuera aclarando.

La cuna.1872. Óleo s/lienzo 56 x 47 cm. Museo de Orsay, París

Esta obra, presentada en la primera exposición impresionista en 1874, representa a la hermana de la pintora, Edma, con su pequeña hija Blanche. Se trata de la primera aparición de la maternidad como tema en la obra de Morisot. Es una pintura en la que ya se va perfilando el estilo de Berthe: predilección por los colores claros y en particular el blanco, interés por los aspectos psicológicos, creación de efectos atmosféricos. En la composición del cuadro destaca una diagonal que conecta a la madre con la hija, partiendo del rostro de Edma y su brazo doblado se proyecta al brazo y rostro del bebé, acentuándose por la disposición de la cortina al fondo. El marcado contraste entre el negro y el blanco revela la influencia de Manet, así como la luz entrando por la ventana a través de las cortinas nos remite a Degas. La mujer mira pensativamente a su hijo sin que aparezcan los tópicos sentimentales con que visualmente se solía representar el amor materno. Aun así, la ternura está presente en la forma en que la mano sostiene el velo que protege al bebé. Todo el cuadro transmite una cierta melancolía a partir del gesto de meditación que implica la cabeza de Edma apoyada en la mano.

Mujer en su toilette. 1875-80. Óleo s/lienzo 60 x 80 cm. Instituto de Arte de Chicago

En este óleo, correspondiente ya al momento que su técnica impresionista está plenamente definida, Morisot aborda uno de los temas de la vida moderna muy frecuentado por los impresionistas: la toilette. La intimidad del baño y los rituales de limpieza de la mujer (presentes frecuentemente en la pintura desde el Barroco en adelante) fue muy pocas veces abordado por artistas mujeres, posiblemente por sus connotaciones eróticas y voyeuristas. Precisamente ahí radica el punto de vista diferente que aportan tanto Morisot como Cassatt en la representación de esta temática: mientras la mirada masculina (pensemos en las obras de Manet, Degas e incluso Renoir) está impregnada de una actitud de acechar la intimidad femenina a través del ojo de la cerradura (al decir de Degas), la mirada de las artistas mujeres es de absoluta franqueza y naturalidad. Delicada y sugerente, la protagonista del cuadro no muestra su rostro y el espejo, gran protagonista, está ahí sólo para ella y no para compartir su imagen. Vemos ese gusto de Morisot por los colores claros, el sutil manejo del blanco con matices de lavanda, rosa, gris y azul, distribuidos con pinceladas suaves y plumosas, generando un efecto vaporoso, característico de la mayoría de sus pinturas. Presentado este cuadro en la quinta exposición impresionista, en 1880, tuvo un gran reconocimiento, tanto de sus colegas masculinos como de la crítica.

Día de verano. ca. 1879. Óleo s/lienzo 46 x 75 cm. Galería Nacional, Londres

Este cuadro, exhibido también en la quinta exposición impresionista en 1880, representa una escena en el Bois de Boulogne, uno de los parques más frecuentados por la burguesía parisina. Si bien se trata de una escena en un espacio público, es un espacio cercano al domicilio de la pintora y la temática se encuadra también en las preferidas por los impresionistas: escenas de ocio de la burguesía urbana. Aquí Morisot se ha valido de dos modelos profesionales y seguramente la obra se inició en el lugar (una acuarela preparatoria así parece documentarlo) pero luego se terminó en el taller. Se enfoca en las dos mujeres (y no en las multitudes que a diario visitaban el parque), bien de cerca, ubicando al espectador en el mismo bote. Para realzar más el efecto de intimidad la escena se recorta empujando el horizonte hacia la parte superior de la imagen. Al fondo vemos un follaje muy resumido con unas personas a lo lejos. En un ambiente lleno de luz, una malla de pinceladas texturizadas integra a las mujeres con el agua y el follaje circundantes. Se trata de unas pinceladas en zigzag, llenas de audacia y vigor, que generan prismas brillantes de luz refractada en la superficie  del lago. En algunas áreas, la imagen casi se disuelve en patrones abstractos de pinceladas animadas. Esta pintura fue vista por algunos críticos como un trabajo inacabado (crítica que se reitera en varios trabajos de Morisot).


 Mary Cassatt (1844-1926)

Mary Cassatt nace en Pittsburgh en el seno de una familia acomodada. Pasó sus primeros años con su familia en Francia y Alemania. Entre 1860 y 1862 estudió en la Academia de Bellas Artes de Pensilvania, pero ya a partir de 1865-1866 está estudiando en París, primero con Jean-León Gérôme y después en el estudio de Charles Chaplin, prolongando su estadía hasta 1870. Con el inicio de la guerra franco-prusiana regresa a los Estados Unidos, pero ya en 1871 regresa a Europa estudiando en Italia (Parma) en 1872 y visitando en 1873 España, Bélgica y Holanda. En 1874 se instala nuevamente en Paris, ciudad en la que vivirá hasta su muerte en 1926. Hasta 1877 expone regularmente en el salón. En este año Degas la invita a exponer con los impresionistas, constituyéndose en la única estadounidense en formar parte del grupo. Cassatt expone en las muestras de 1879, 1880, 1881 y 1886. La amistad que desarrolla con Degas será muy fructífera desde el punto de vista artístico, ambos comparten su interés por la representación de temas contemporáneos, por las composiciones de figuras, por la importancia dada al dibujo, así como por la exploración de nuevas técnicas. Entre fines de la década de 1870 y principios de la de 1890 los principales temas representados corresponden a la familia (sobre todo pinturas de su hermana Lydia), distintas escenas de género y escenas de ópera y teatro. A partir de 1890 se especializó en el tema de la madre y el niño, representado en óleos, pasteles y grabados.

Es interesante el trabajo de Cassatt asesorando a coleccionistas de arte norteamericanos, contribuyendo así en el ingreso del impresionismo a los Estados Unidos a través de obras de Degas, Pissarro o Monet. Destaca en particular su asesoramiento para la conformación de la colección Havemeyer, hoy en el MET.

Mujer de negro en la ópera. 1878. Óleo s/lienzo 81 x 66 cm. Museo de Bellas Artes, Boston

Entre los espectáculos de la modernidad, que formaban parte de las preferencias para el ocio burgués, tiene un lugar destacado el tema de la ópera, el teatro como un escenario social donde el estatus y las relaciones estaban en exhibición pública: ver y ser visto. El tema abordado por artistas hombres (Renoir y Degas entre ellos) colocaba a las mujeres, receptora natural de la mirada masculina de acuerdo a la ideología de género dominante, en palcos como si estuvieran expuestas en marcos dorados. Cassatt, por el contrario, en lugar de ubicar a la mujer como un receptor pasivo de la mirada masculina, le otorga un papel notablemente dinámico: mira con avidez, a través de sus lentes de ópera, a la fila de asientos frente a ella y no muestra signos de ser consciente del espectador. En el fondo (arriba, a la izquierda) un hombre dirige su mirada hacia ella. El espectador, que los ve a ambos, completa el círculo. Los binoculares tienen el efecto de ocultar el rostro de la protagonista, subvirtiendo así el rol asignado a la mujer de objeto de contemplación, y su mirada inquisitiva rompe con los estereotipos comunes sobre la feminidad.

El té. ca.1880. Óleo s/lienzo 65 x 92 cm. Museo de Bellas Artes, Boston

La pintura forma parte de todas las obras de estas pintoras que documentan las actividades sociales de las mujeres de la alta burguesía, reflejando aspectos de género y de clase: bebiendo té, asistiendo a la ópera, tejiendo o leyendo. Pero a Cassatt le interesa más lo pictórico que lo narrativo, priorizando superficie, color, composición. Beber té constituía un ritual doméstico y social, a través del cual se ponía de manifiesto el estatus familiar. La escena se encuentra ambientada en un salón contemporáneo, un interior parisino típico de la alta burguesía. Comprueban esto detalles como el papel tapiz, la chimenea de mármol, la pintura en la pared con un elaborado marco dorado, el jarrón de porcelana. El antiguo servicio de té plateado (en un primerísimo primer plano y en que emplea un recurso fotográfico al presentarlo más grande en escala que las propias mujeres) evidencia una rica historia familiar. Dos mujeres protagonizan el cuadro, en roles tradicionales de anfitriona e invitada. La anfitriona, con un sencillo vestido de día marrón apoya su mano en la barbilla. La invitada, con el sombrero, los guantes y el pañuelo en el cuello, nos indica que ha venido desde afuera. La instantaneidad cuasi fotográfica se nos presenta en la captación de la invitada en el acto transitorio de beber. La composición es osada al presentarnos formas ovaladas (presentes en varios objetos) como patrones repetitivos contrastando con la estricta geometría del papel tapiz.

Mujer con bebé. ca. 1902.  Pastel s/papel  72 x 53 cm. Instituto de Arte Clark, Williamstown, Massachusetts

Como señalamos antes, a partir de 1890 las representaciones de mujeres con niños fueron habituales en la obra de Cassatt, que modernizó y secularizó las tradicionales imágenes de la Virgen y el Niño, despojándolas de su simbolismo religioso para transformarlas en escenas domésticas cotidianas. Ya sea en el baño, delante de un espejo, jugando, etc., nos presenta una visión apacible de la actividad de la mujer en su rol materno. Muchas de las composiciones revelan en mayor o menor grado la influencia de las estampas japonesas.

En este caso, esa influencia está presente en el kimono que usa la mujer. Buena parte de estas imágenes son pasteles, técnica con la que Cassatt trabajó mucho, a veces con un trazo más incisivo, otras de forma más aterciopelada. Esta obra forma parte de esta última modalidad, donde claramente el pastel le permite trabajar la belleza de la carne, la tersura de la piel y del cabello, en contraste con los llamativos colores naranja, azul y verde del voluminoso kimono y del fondo.


Bibliografía consultada:

* Mayayo, P. (2015) Historias de mujeres, historias del arte. Madrid: Ediciones Cátedra

* Myers, N. (2008) Mujeres artistas en el siglo XIX en Francia. Recuperado de  https://www.metmuseum.org/toah/hd/19wa/hd_19wa.htm

Smith, P. (2006) Impresionismo. Madrid: Ediciones Akal

* Trasforini, M.A. (2021) Una historia indisciplinada. El género en la historia del arte. En G.Guzmán et al. El canon accidental: mujeres artistas en la Argentina 1890-1950 (pp.54-61) Buenos Aires: Museo Nacional de Bellas Artes

* Weinberg, B. (2004) Mary Stevenson Cassatt (1844-1926). Recuperado de https://www.metmuseum.org/toah/hd/cast/hd_cast.htm 

Páginas web consultadas:

https://www.nationalgallery.org.uk/paintings/berthe-morisot-summers-day 

https://collections.mfa.org/objects/32829/the-tea;jsessionid=A8F66D4026DCD0C3F46B782F41E87758?ctx=9c2a9d95-46d1-4c3f-bf06-89c65ab6f241&idx=9

https://www.museobilbao.com/obras-maestras/mary-cassatt

 


martes, 21 de enero de 2014

Museo de Orsay


El Musée d’Orsay, ubicado en París, reúne una de las colecciones de arte  del siglo XIX más importante  a nivel mundial. A este incuestionable atractivo agrega su emplazamiento: una antigua estación de tren especialmente reciclada con fines museísticos.
 La estación de Orsay, construida por el arquitecto Víctor Laloux para la Exposición Universal de 1900, responde estructuralmente a la denominada arquitectura del hierro y  el vidrio, pero se esconde tras una monumental fachada de piedra de corte ecléctico historicista. La fachada del Sena se decoró con dos relojes enormes y con tres esculturas monumentales, personificaciones de las ciudades de Burdeos, Toulouse y Nantes. El interior presenta casetones de piedra ornamentados con rosetas como homenaje a las antiguas termas y basílicas de la época imperial romana. Se buscó que el pasajero arribado a París tuviera un digno recibimiento. Esta idea fue tomada como modelo para varias estaciones norteamericanas, la Estación Central de Nueva York entre ellas. 
La estación siguió en uso hasta 1939, año en el que deja de funcionar por no responder a los requerimientos técnicos de la época. En 1978 fue declarada patrimonio nacional y en 1979 se emprendieron las obras con el fin de convertirla en museo, siendo inaugurado este en 1986. El fin del museo fue albergar las colecciones de arte francés del período 1848-1914, eligiéndose para su definición dos acontecimientos históricos relevantes en la historia de Francia: el comienzo de la Segunda República Francesa y el estallido de la Primera Guerra Mundial. A nivel artístico, este período se corresponde con la irrupción de sucesivos cambios en el arte decimonónico pautado por la Academia, desde el realismo de artistas como Courbet y Millet, precedidos por obras de Ingres, Delacroix y Daumier,  pasando por el naturalismo de la Escuela de Barbizón y la radicalidad de la obra de Edouard Manet,  así como por la propuesta basada en la luz de las grandes figuras del impresionismo como Monet, Degas y Renoir, hasta los planteos protovanguardistas de los posimpresionistas como Cézanne, Tolouse-Lautrec, Van Gogh y Gauguin. De esta manera la colección del Museo de Orsay se convierte en un puente entre la colección del Louvre y la del arte de los siglos XX y XXI que registra el Centro Georges Pompidou.

Breve recorrido por algunos exponentes paradigmáticos de la pintura francesa del siglo XIX, presentes en la colección del Museo de Orsay
Selecciono a continuación, a modo de muestra, algunas de las obras maestras de la colección del Museo de Orsay, acompañándolas de un breve comentario.


Jean-August-Dominique Ingres. La fuente. 1856. Óleo sobre lienzo, 163 x 80 cm. Ingres (1780-1867) es, luego de David del que fue alumno, el otro gran pintor del Neoclasicismo, prolongando el estilo hasta la segunda mitad del siglo XIX. Se destacó por un depuradísimo sentido de la línea, del equilibrio y de la armonía en la construcción del cuadro. Precisamente por esta razón, la calidad de sus dibujos es insuperable. Desarrolló un esteticismo extraordinariamente sensible, sobre todo en la representación de desnudos femeninos, transformándose, en esta temática, en un referente para todos los pintores del siglo XIX. Pero Ingres gustaba de alterar las reglas rígidas de la Academia, para lograr efectos estéticos sorprendentes, como lo hizo en Gran bañista, llamada también La bañista de Valpinçon, de 1808. La admiración por la escultura clásica la pone de manifiesto en La fuente, a la que le dedicó toda su vida. Resulta magnífico el pulido de las carnes, lisas y luminosas como el mármol. Remite a las obras de Rafael, de quien toma la gracia de la figura, el tipo de sonrisa, la fluidez de la silueta, así como la pureza del entorno.

 
Gustave Courbet. Un entierro en Ornans. 1849-1850. Óleo sobre lienzo, 315 x 668 cm. Courbet (1819-1877) sostenía que el arte debía representar el mundo tal como es y basarse en una observación empírica de la realidad, en los hechos objetivos y no en las convenciones artísticas. Negaba firmemente que un artista tuviera la capacidad de poder reproducir aspectos o hechos ni del pasado ni del futuro, afirmando que la pintura de temática histórica solo era posible si se la aplicaba a los hechos del presente, y que la función del artista debía ser la de convertirse en un cronista de su época, para que sus obras pudieran ser apreciadas por sus contemporáneos como una expresión de su tiempo, y como testimonio para las generaciones del futuro.
De esta forma, Courbet se convirtió en un verdadero iconoclasta de los dictámenes de la Academia, que era la institución que establecía las pautas que regían la escena artística francesa, y de alguna manera, también a nivel mundial.
Este gigantesco lienzo, en el que Courbet representaba un entierro como una escena de masas con unas cuarenta figuras, fue duramente criticado. El aspecto más polémico era la desproporción entre el tema y la realidad, entre los medios utilizados para la realización y el contenido de la obra. Hubiera sido muy distinto si se tratara de un tema histórico relevante o de una alegoría clásica o religiosa. Pero, ¿se justificaban tales dimensiones para representar el entierro de un simple ciudadano de Ornans?
La obra se convirtió así en un vehículo por el que el artista manifestaba su pretensión de modernizar la pintura histórica. El lienzo representa un entierro celebrado en 1848 en Ornans, pequeña ciudad perteneciente al Franco Condado, de donde procedía el artista. El fallecido era un pariente de Courbet y la mayoría de los asistentes se pueden reconocer como parientes y amigos del pintor. La colocación de las personas es inexacta con respecto a la perspectiva. La obra recuerda los retratos de grupo holandeses del siglo XVII, ya que Courbet concedió una gran importancia al carácter de retrato de muchas de las personas representadas. El realismo de la escena se agudiza con el negro de los vestidos y el grisáceo del paisaje, que transmiten una sensación de tristeza y desconsuelo. El lenguaje artístico de la pintura transmite directamente la tosquedad, la monotonía y la simplicidad de la existencia en el campo, lo que fue interpretado como un atrevimiento por los ciudadanos ricos y cultos de París, escandalizados con el encumbramiento que el cuadro asignaba a los provincianos.


Jean-François Millet. Las espigadoras. 1857. Óleo sobre lienzo,83,5 x 111 cm. Millet (1814-1875) fue tildado de “socialista” por la elección de temas vinculados a la realidad de los campesinos, siendo sus obras ásperamente criticadas en los Salones en los que participó, por considerárselas ajenas al gusto de la época. No tuvo la pintura de Millet, la carga militante de la realizada por Courbet, ya que a pesar de la intensidad de los temas que trabajaba, generalmente los mismos se desarrollan en un ambiente calmo y no exento de cierta emotividad, debido al tratamiento que el artista daba a sus paisajes.
Las espigadoras se expuso en el Salón de Paris de 1857. Muestra a tres campesinas en plena tarea de recoger espigas bajo la luz de un sol crepuscular, lo que permite inferir que el suyo ha sido un trabajo de todo el día.
La dura actividad de estas mujeres, que trabajaban inclinadas, sin mayor descanso, les provocaba intensos dolores de espalda (véase la imagen de la campesina de la izquierda apoyando su mano izquierda sobre su cintura), es mostrada por Millet con un marcado tono heroico, propio de su interpretación de la realidad rural, poblada de héroes anónimos que trabajan para toda la sociedad; mientras en el fondo de la escena se destaca la imagen ecuestre del terrateniente dueño de esas tierras vigilando a sus trabajadores.
Muchos críticos de la época consideraron esta pintura como “un verdadero llamado a un levantamiento de las masas campesinas en protesta por sus terribles condiciones de trabajo”, al representar crudamente a los sectores más pobres de la población francesa, en una tarea: el derecho a espigar, que implicaba que los más desprotegidos del campo tenían la posibilidad de recoger las espigas de trigo que quedaban el suelo, luego de la cosecha, para poder hacer su  propia harina.
La casi mimetización de colores entre la ropa de las campesinas y el paisaje, y la posición encorvada de las mismas, reafirman la idea de un apego a la tierra. A su vez, al colocar bastante elevada la línea del horizonte, se destacan claramente a las protagonistas de la obra.


Edouard Manet. Almuerzo campestre. 1863. Óleo sobre lienzo, 208 x 264,5 cm. A pesar que el propio Manet nunca se definió como impresionista, fue sin dudas el precursor del Impresionismo. Muchos historiadores lo consideran también como el padre de la pintura moderna, al remarcar que su interés siempre estuvo puesto en considerar al lienzo como superficie real de creación, procurando que nada influyera al momento de iniciar su creación. Buscó actualizar la pintura a su tiempo, y es por eso que resulta difícil ubicarlo en ningún estilo en particular, colocándose a mitad de camino entre el realismo y el impresionismo. Sus obras buscaron mostrar la modernidad de su época, de ahí su predilección por representar ámbitos de carácter urbano, como plazas, parques, calles, cafés, reuniones en salones, etc., abandonando definitivamente los temas históricos, religiosos, mitológicos y alegóricos. Pero al mismo tiempo Manet se mantuvo apegado al formato clásico ya que los temas de los nuevos tiempos los representó en formatos de expresión tradicionales en la historia del arte.
Este escandaloso cuadro, expuesto en el Salón de los Rechazados de 1863, no representa ningún almuerzo campestre como reza su título. Muestra la prostitución que en aquel entonces tenía como escenario el Bois de Boulogne. Este hecho era sobradamente conocido en París, pero no se hablaba sobre el tema que, por supuesto, era indigno de ser representado en un cuadro. Dos hombres bien vestidos e inmersos en una discusión están sentados en el suelo junto a una joven desnuda, que mira fijamente al espectador. Al fondo, otra joven se baña en un lago con el agua hasta las rodillas. Una observación detallada permite descubrir lo extraña y desconcertante que resulta la composición del grupo de figura, que más bien parece un collage pegado artificialmente en el escenario de un bosque. Está claro que no se trata de una escena observada por el pintor, sino de un calculado montaje que remite a ejemplos anteriores de la historia del arte. En siluetas de figuras que en antecedentes clásicos podrían corresponder a figuras mitológicas, colocó y encajó a sus personajes burgueses que hablaban sobre el ambiente de la gran ciudad moderna.

 
Claude Monet. Las amapolas. 1873. Óleo sobre lienzo, 50 x 65 cm. Monet (1840-1926) desarrolla al máximo uno de los principios fundamentales del impresionismo: el interés por la luz y por la permanentemente modificación que esta realiza sobre los colores de los objetos que ilumina. En una de sus cartas, sostenía, a modo de reflexión, en 1925: “Yo sólo he tenido el mérito de pintar directamente de la naturaleza y haber intentado reproducir mis impresiones a partir de sensaciones fugaces”. Monet presente este cuadro, Las amapolas, en la primera exposición colectiva de los impresionistas, que se celebró en el año 1874. La obra constituye una prueba más de que los pintores del grupo elegían muy a menudo el moderno tema del tiempo libre y el ocio. Dos mujeres, acompañadas por sus hijos pequeños, se abren camino paseando entre la crecida hierba de un prado cuajado de amapolas. Sus elegantes trajes, sus sombreros y sus sombrillas ponen de manifiesto que no se trata de vulgares campesinas de provincias sino de acaudaladas damas de la ciudad que buscan la tranquilidad y el sosiego del campo. Las dos parejas están situadas en los extremos de una línea diagonal imaginaria a lo largo de la cual se extiende el paisaje. En este espacio luminoso las personas y la naturaleza se funden en un todo armónico.


Claude Monet. La estación de Saint-Lazare. 1877. Óleo sobre lienzo, 75,5 x 104 cm. A principios del año 1877 Monet comenzó a pintar una serie de doce cuadros con el tema de la estación de Saint-Lazare vista desde distintas perspectivas. El pintor utilizó así por primera vez el recurso de la repetición del mismo motivo, un rasgo que iba a convertirse en característico de su estilo durante la década de 1880. En la exposición impresionista de 1877 Monet presentó seis cuadros de la estación de Saint-Lazare y Émil Zola escribió al respecto: “Nuestros pintores están ahora obligados a descubrir la poesía de las estaciones, de la misma forma que nuestros antepasados descubrieron la poesía en los bosques y los ríos”. El acertado comentario de Zola se basaba en el hecho de que las estaciones simbolizaban la modernidad y el dinamismo de una existencia orientada hacia el futuro, tema que los impresionistas habían hecho suyo desde el principio. Monet permaneció fiel a la representación de las fachadas y de los alrededores de la estación, así como de la nave principal, con el incesante ir y venir de trenes y viajeros. A diferencia de las demás pinturas de Saint-Lazare, esta obra del Museo de Orsay muestra una perspectiva simétrica del colosal techo de la nave, que era una enorme construcción de hierro y cristal. El encuadre permite adivinar, al fondo, el puente de Europa y algunas casas. En el interior del vestíbulo de la estación, vapor y humo, trenes y viajeros crean una atmósfera pictórica vibrante en la que parecen percibirse hasta los sonidos.


Edgar Degas. La clase de danza. Aprox. 1873-76. Óleo sobre lienzo, 85 x 75 cm. Degas (1834-1917) fue uno de los más importantes pintores del siglo XIX e inicios del XX, que si bien está considerado dentro del grupo de los impresionistas, no resulta fácil de etiquetar.
Degas mostro mucho interés en el tratamiento que los pintores del Renacimiento daban, en sus obras, al vínculo entre el espacio y la realidad representada, interesándose en particular, en el trabajo con la perspectiva, y como los elementos de la composición se relacionaban con esta. Así la relación entre el espacio real y el representado, sirvió como fuente de investigación, llevando a Degas a realizar sus trabajos con una mirada casi fotográfica, cambiando el clásico ángulo de observación del espectador. Dentro del grupo de los impresionistas, que Degas integró desde su formación, fue el que visualizó y aplicó con mayor frecuencia las posibilidades técnicas y plásticas que  ofrecía la fotografía. Mostró un marcado interés por captar la instantaneidad del momento en las escenas que pintaba, para lo cual utilizaba frecuentemente la fotografía, la que le permitía preparar bocetos previos para luego poder reproducirlos, así como conseguir encuadres particulares para sus pinturas. Una de sus principales particularidades que lo diferenciaban del resto de sus compañeros, fue que no acostumbraba pintar al aire libre, sino que prefería la luz artificial de su estudio, o del interior de cafés, locales de ensayo, teatros, hipódromos, prostíbulos, cabarets, etc., centrando su interés en el mundo cotidiano, donde procuraba retratar a personajes anónimos. La clase de danza es su primera obra maestra dentro del campo temático de las bailarinas de ballet. El cuadro hace referencia a la gloria pasada de ese mundo, que estaba en franca decadencia en los tiempos del pintor. En medio del cuadro se ve al profesor Jules Perrot rodeado de alumnas. Perrot era una estrella de la Ópera de París, que había triunfado como bailarín, coreógrafo y profesor de danza también en ciudades como Londres y San Petersburgo. La respetuosa distancia que separa a las alumnas del maestro consigue realzarle dentro de la enorme sala. Degas reprodujo en sus cuadros de bailarinas escenas de las clases de baile y los ensayos, pero muy raramente de las representaciones. Con sus imágenes de entre bastidores el pintor ofrece una mirada íntima al fascinante mundo del ballet. Los detalles delicados y descriptivos como la jarra para humedecer el suelo abajo a la izquierda, la bailarina situada sobre el piano que se rasca la espalda, el abanico transparente de la muchacha del primer plano o la madre que abraza y consuela a su hija, no son nunca casuales, sino elementos cuidadosamente calculados por Degas. El pintor preparaba con mimo sus composiciones mediante un gran número de bocetos y apuntes. Incluso el detalle insignificante y cotidiano de la niña rascándose la espalda, está previsto ya en los estudios previos. Este motivo anecdótico es quizás un guiño al espectador, que puede ver lo que sin embargo no está al alcance de la vista del profesor.


Berthe Morisot. La cuna. 1872. Óleo sobre lienzo, 56 x 46 cm. Berthe Morisot (1841-1895) y Mary Cassat aportaron un decisivo elemento femenino al arte impresionista. Las mujeres y los niños de las familias burguesas, su vida tranquila y segura, interesaban muy poco a sus colegas masculinos. La cuna se expuso en la primera muestra impresionista, celebrada en 1874. Morisot fue la única mujer artista que participó en ella y estuvo representada nada menos que con ocho obras. Los personajes de esta escena son su hermana Edma y la hija de ésta, Blanche, nacida en 1871. El cuadro desprende un aire de cálida intimidad y refleja la entrañable relación existente entre la madre y su hija. Edma, sentada al lado de la cuna, vela con ternura el sueño de la recién nacida, que duerme con la manita derecha a la altura de la cabeza. La cortina de gasa sólo permite ver de forma difuminada la cara del bebé, ligeramente vuelta hacia el espectador. El perfil de Edma, sobre el que cae una cálida luz, está definido con trazos cuidados y decididos. La pintura impresionista de la década de 1870 se esforzaba por fijar el instante en un mundo en constante cambio. El cuadro de Berthe Morisot consigue este efecto de una forma tan perfecta que el tiempo parece haberse detenido. La hermana de la artista sujeta la cortina de la cuna con su mano derecha. Morisot parece querer transmitir al observador la idea de que en cualquier momento Edma puede moverse y romper la magia de la escena.

 
Pierre-Auguste Renoir. El columpio. 1876. Óleo sobre lienzo, 92 x 73 cm. Renoir (1841-1919), en una carta de 1867, expresaba: “Para mí, un cuadro debe ser algo amable, alegre y hermoso, si, hermoso. Ya hay demasiadas cosas desagradables en la vida como para que nos inventemos todavía más.” Dejaba en claro así, uno de los principales ejes que guiaron su trabajo, a lo largo de su vida. A pesar que Renoir realizó varios trabajos con la temática del paisaje, su foco estuvo puesto en la representación de escenas cotidianas, marcadas por la alegría, la despreocupación, los vínculos familiares y fraternales, y en particular, los retratos, los que se convirtieron en su principal fuente de ingresos. El estilo personal de Renoir marca claras diferencias con el de su amigo Monet. Mientras éste desarrolló  exclusivamente una pintura al aire, libre aplicando pinceladas ágiles y cortas, Renoir opta por una pintura de pinceladas suaves y modeladas, con las que lograba dar, por ejemplo, maravillosos efectos de luminosidad sobre la piel de sus personajes. De todos modos, sí compartió con Monet el gusto por el juego de colores generados por la luz sobre los objetos, y los reflejos que de estos se desprenden. El columpio se exhibió en la tercera exposición colectiva de los impresionistas, celebrada en 1877. Renoir se inspiró para realizar esta obra, como muy bien advirtieron sus coetáneos, en el arte francés del siglo XVIII y en la tradición pictórica de fiestas galantes, cultivada por Watteau o Fragonard. Renoir había copiado a esos maestros en el Museo del Louvre al comienzo de su carrera y se había ganado la vida pintando abanicos con motivos rococó. Estaba familiarizado por tanto con el tema de las fiestas campestres y galantes, es decir con las celebraciones que tenían lugar al aire libre, en plena naturaleza o en un parque. En esas reuniones sociales se charlaba y bailaba, se escuchaba música, y a veces, alguna dama se columpiaba para pasar el rato tranquilamente. Renoir sitúa esta escena en un jardín de Montmartre. Todas las figuras están bañadas por pequeñas pinceladas de luz. Como es frecuente en Renoir, el sol se filtra a través de la frondosa vegetación y lo inunda todo de reflejos brillantes, amarillos y azules. El color es el elemento unificador de los cuadros de Renoir: enlaza los motivos más lejanos con los del primer término, relaciona al hombre de delante con el grupo de figuras del segundo plano y sirve de puente entre las superficies toscas y poco trabajadas, como la corteza de los árboles o la tabla del columpio, y el rostro delicado de la mujer. Los impresionistas definían al color como “una sustancia universal y elemental” que lo hermana todo y permite la existencia de un mundo mágico y homogéneo.

 
Henri de Toulouse-Lautrec. La payasa Cha-U-Kao. 1895. Óleo sobre cartón, 64 x 49 cm. La obra de Toulouse-Lautrec (1864-1901) refleja el ambiente de los salones nocturnos: bailarinas, cantantes y prostitutas son sus modelos. En su técnica el dibujo, la captación del movimiento y la carga irónica y caricaturesca es esencial. Fue el impulsor del cartel en los que utilizaba grandes planos de color. Toulouse-Lautrec retrató en varias ocasiones a la payasa Chau-U-Kao. La bailarina y acróbata había saltado a la fama con sus actuaciones en el Moulin Rouge y en el Cirque Nouveau. El pintor representa a la corpulenta mujer con perfiles muy marcados lo que le da a la obra el aspecto de un cartel anunciador de un espectáculo. La figura femenina, medio de espaldas al observador, se destaca sobre un fondo turquesa y sobre el diván rojo de su camerino. La estrella del espectáculo da los últimos retoques a su vestuario antes de salir a escena. El estrafalario atuendo de Cha-U-Kao está compuesto por un vestido lila que deja los hombros al descubierto, un tutú de tul amarillo y una peluca blanca con un lazo haciendo juego. En el espejo se distingue una figura masculina que contempla la escena. La aclamada payasa de Montmartre no está sola; ha recibido la visita de un hombre.


Henri de Toulouse-Lautrec. Jane Avril bailando. Aprox. 1892. Óleo sobre cartón, 85,5 x 45 cm. También la bailarina Jane Avril provenía de la escena artística de Montmartre. En 1884 Toulouse-Lautrec entró en contacto con este mundo que iba a marcar profundamente su pintura durante años. Este artista gustaba de tener una modelo favorita: así en 1891 lo fue La Goulue y más tarde la bailarina Jane Avril, conocida con el apodo de La Mélinite (la explosiva) por su rápido movimiento de piernas y sus giros de caderas al bailar. La prensa se refería a ella como a una “orquídea en movimiento”. A Toulouse-Lautrec el mundo del cabaret sólo le interesaba en la medida en que estaba relacionado con las personas representadas en sus cuadros. El hombre sentado en el palco de la derecha es el “inglés del Moulin Rouge”, según se le llamaba en el título de una litografía de 1892. La obra, esquemática y abocetada, prescinde de cualquier elemento accesorio. La alternancia de superficies pintadas con fragmentos de cartón desnudos es característica del estilo abierto que practicó Toulouse-Lautrec entre finales de 1886 y 1896.



Vincent Van Gogh. Autorretrato. 1889. Óleo sobre lienzo, 65 x 45,5 cm. Van Gogh (1853-1890) fue un apasionado del color como vehículo para expresar las frecuentes depresiones y angustias que padeció. Su pincelada es muy característica, sinuosa, cursiva y espesa; los colores son a veces agresivos con contrastes no frecuentes. Este autorretrato, que Van Gogh realizó entre los meses de agosto y setiembre de 1889 en Saint-Rémy, es el último de una serie compuesta por cuarenta obras en total. Van Gogh, al igual que Rembrandt, su famoso compatriota, buscó una y otra vez la confrontación pictórica consigo mismo. De ello da testimonio el gran número de autorretratos que realizó a lo largo de su vida. Así inauguró una tradición que llevó a este género a la cúspide de la expresividad y que terminó desembocando en el expresionismo alemán de la mano de Edvard Munch (1863-1944). Lo que Van Gogh buscaba con sus autorretratos no era conseguir el “parecido fotográfico”, sino “la expresión emocional”. El fondo monocolar (“el azul tiene algo de meridional”, afirma Van Gogh en una carta) cobra movimiento a través del trazo suelto. El azul es, además, el color del horizonte. Por ello, al pintar la chaqueta y el chaleco con ese mismo tono, Van Gogh pretende marcar las distancias con el espectador. Sin embargo el contraste derivado del color rojo del pelo y la barba produce el efecto óptico de acercar el rostro. En medio de esa tensión cromática la camisa blanca aporta una nota de calma.
 


Los textos que acompañan la selección de obras fueron tomados total o parcialmente de los siguientes dos trabajos:

  •  Salandrú, Mónica y Rodríguez Compare, Fernando. “El Arte y la Historia: del Neoclasicismo al Impresionismo”. 2011 clic aquí
  • Gärtner, Peter. “Museo de Orsay”. 2007. Edit. Ullmann & Könemann